Ningún pronóstico anticipaba la derrota de nuestra selección mexicana. El domingo pasado terminó la ilusión pero esta vez de una manera diferente, en la cancha los jugadores lo dieron todo.
El Mundial volvió a demostrar que tiene la capacidad única para unir a millones de personas.
Las diferencias parecieron quedar en pausa. Las calles se llenaron de camisetas, banderas, música, gritos, abrazos entre desconocidos y una ilusión colectiva que solo un evento de esta magnitud puede generar. México vibró con su selección y soñó con hacer historia.
Pero también quedó al descubierto la otra cara de nuestra sociedad.
Mientras miles celebraban con alegría y pasión, otros convirtieron el festejo en violencia. Se confirmó que 5 personas perdieron la vida en distintos hechos relacionados con las celebraciones mundialistas, una cifra que obliga a una reflexión profunda.
Ningún triunfo deportivo, por emocionante que sea, puede justificar el caos, las agresiones o la pérdida de vidas humanas.
La eliminación de la Selección Mexicana también tuvo un efecto inmediato: el país despertó del paréntesis futbolístico y regresó a su realidad cotidiana. Volvieron a ocupar la conversación pública los problemas del país y los desafíos que enfrentan millones de familias mexicanas.
El fútbol es una pasión legítima y un motivo de orgullo nacional. Nos permite creer, emocionarnos y compartir momentos que difícilmente se repiten. Sin embargo, también debería recordarnos que la verdadera victoria de un país no se mide únicamente en una cancha.
El reto de México sigue estando fuera de los estadios. En construir una sociedad donde celebrar no implique violencia; donde la convivencia prevalezca sobre la confrontación; donde las autoridades atiendan con eficacia los problemas más urgentes y donde la ciudadanía también asuma su responsabilidad.
El Mundial terminará, los campeones serán recordados y las estadísticas pasarán a la historia. Pero México seguirá aquí, enfrentando los mismos problemas que no desaparecen con un silbatazo.
Quizá esa sea la lección más importante de estos días: el fútbol puede unirnos por unas semanas, pero el verdadero partido, el que define nuestro futuro como sociedad, se juega todos los días. Sin ser indiferentes a las otras causas que también estaban afuera de un estadio.
