Sáb. May 30th, 2026

El mundial es, por naturaleza,  de esos eventos que logra reunir a millones de personas alrededor de una misma pasión. Más allá de nacionalidades, ideologías o diferencias, el fútbol tiene esa  capacidad de generar identidad, orgullo y una emoción colectiva.  Quizá a unos nos emocione menos que a otros, pero  lo importante es como se vive y se disfruta.

La canción o himno que lanzó el Gobierno de la Ciudad de México, titulada «La Niña Futbolista» con motivo del mundial resulta  decepcionante, innecesario,  fuera del lugar que una canción presentada como parte de esta celebración termine transmitiendo mensajes feministas,  que insistan en la confrontación entre hombres y mujeres.

Independientemente de quién la interprete, en este caso Julieta Venegas, que puede o no estar en el gusto de  la gente -en el mío no- lo importante es el contenido. Un himno mundialista debería inspirar, emocionar y unir.

Debería hablar del esfuerzo, de los sueños, de la pasión por el deporte y de la capacidad que tiene el fútbol para derribar fronteras.

Sin embargo, cuando el discurso gira hacia estas ideas de señalar o minimizar a un sector para exaltar a otro, el mensaje pierde fuerza y se aleja de ese espíritu deportivo.

Las mujeres han logrado avances importantes y merecidos en el futbol y en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública. Hoy existen más oportunidades, mayor visibilidad y un reconocimiento creciente a su talento y capacidad.

Eso es algo que debe celebrarse. Pero una cosa es impulsar la igualdad y otra muy distinta construir narrativas que parecen necesitar un adversario permanente para justificarse.

La sociedad enfrenta suficientes divisiones políticas, ideológicas y sociales como para que hasta los espacios destinados a la convivencia terminen contaminados por estas ideas feministas.

El deporte debe ser precisamente lo contrario: un punto de encuentro donde las diferencias queden en segundo plano.

Un mundial no necesita himnos que separen. Necesita canciones que hagan que todos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, aficionados o no, se sientan parte de una misma celebración. Porque el fútbol, cuando se vive no pertenece a un género ni a una ideología. Pertenece a todos.